Última Actualización: Enero de 2008

Sermones del Pastor Ock Soo Park

Una mujer adúltera vista a través de los ojos del Señor


Frente a los ojos de muchos, esta mujer adúltera, sucia e inmunda debía morir pero Jesús no pensaba de la forma que muchos otros pensaban. Frente a los ojos del Señor esta mujer estaba limpia y libre de todo pecado.


EL JUICIO DEL SEÑOR

Si vemos en San Juan capitulo 8, Jesús enseñaba en el templo y en ese momento los escribas y fariseos trajeron a la mujer adultera y pusieron a la mujer en medio preguntándole a Jesús diciendo: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues ¿que dices?”

Esta mujer debía de morir no solamente por la ley de Moisés sino por los escribas y fariseos, sus familiares hasta ella misma pensaba que debía de ser apedreada por el pecado que cometió. Jesús no condeno a la mujer como los otros sino que dijo a los que acusaban: “el que de vosotros este sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. E inclinado hacia el suelo escribía en tierra con el dedo y siguió conversando con la mujer diciéndole: “Mujer, ¿donde esta los que te acusaban? ¿Ninguno te condeno? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo. Ni yo te condeno, vete y no peques mas”.

Frente a los ojos de muchos, esta mujer adúltera, sucia e inmunda debía morir pero Jesús no pensaba de la forma que muchos otros pensaban.

Frente a los ojos del Señor esta mujer estaba limpia y libre de todo pecado. En mi vida pastoral había muchas veces que criticaban a los otros, diciendo en mi interior, diciéndome a mi mismo: “aquel hermano no tiene interés en la palabra, esa persona es muy egoísta, es muy cambiante, y ese otro no podrá a llegar a ser un pastor”.

Pero mientras pasaba el tiempo Dios me hizo ver a las personas a quien yo criticaba, esas personas cambiaron convirtiéndose en grandes siervos del Evangelio, es allí en donde me di cuenta lo necio y lo malo que fui al criticarlos. Leyendo este pasaje de Juan 8 pude llegar a mirar con los ojos del Señor. Ahora puedo mirar con los del Señor. Al fin pude entender que Jesús y yo mismo somos muy diferentes.

El Mundo de Dios si vemos en el libro de Hebreos capitulo 9, podemos ver que Saulo se encuentra con el Señor en camino a Damasco. Cuando Saulo se encontró con el Señor en su camino a Damasco, se desmayó y quedó ciego a causa de la luz que alumbró fuertemente. Después de haberse encontrado con el Señor en donde estuvo 3 días sin ver, no comió ni bebió.

En ese momento el Señor se apareció a Ananias y le dijo: “Ananias” y él respondió: “Heme aquí, Señor”. Y el Señor, le dijo: “Levántate y ve a la calle que se llama la Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso, porque he aquí, él ora”.

Al escuchar esto Ananias, se turbó y tuvo temor.

Entonces Ananias respondió; Señor, he oido de muchos acerca de este hombre, cuanto males ha hecho a tus Santos en Jerusalén y aun tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre.

Para Ananias, Saulo era un hombre muy peligroso quien perseguía a muchos cristianos en Jerusalén tomándolos preso, de la misma manera quiso tomar a muchos que invocan el nombre del Señor en Damasco y así entregarlos a los sacerdotes, pero el Señor le dijo: “Vé, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre (Hechos 9:15~16)

Podemos ver que Ananias no tenía la misma vista que tenía el Señor. Desafortunadamente vivimos en este mundo del tiempo, en el que solamente podemos ver el presente. Es innecesario decir que no podemos ver el futuro, por ejemplo 10 o 20 años después, porque ni siquiera tenemos ojos que pueden ver las cosas que sucederán dentro de 5 minutos. Si pudiéramos ver lo que pasará en 5 minutos, no habría muertes en accidentes tales como el colapsamiento del puente Sungsoo y de la Tienda de Departamentos Sampoong.

Sin embargo, las personas que estaban manejando sobre el puente Sungsoo, nunca se imaginaron que el puente se caería y así tampoco nadie supuso que la Tienda de Departamentos colapsaría antes de que realmente sucediera. La gente puede saber sobre los derrumbes solo después de que ocurren. Antes de que sucediera, las personas con ojos humanos no pudieron ver la imagen de la destrucción de la Tienda de Departamentos Sampoong.

Esa es la diferencia entre la vista humana y la vista de Dios. Dios tiene los ojos que pueden ver los detalles del mundo venidero. Por el contrario, como nuestros ojos solo pueden ver las cosas presentes, nuestros pensamientos siempre están vagando en el presente. Por eso como no podemos ver las cosas que nos acontecerán en el futuro, nosotros no podemos poseer el pensamiento de Dios, que puede ver con anticipación el futuro.

Ese es el porque personas como Abraham y Moisés teniendo solamente los ojos del presente siempre tenían temor para seguir a Dios. Cuando Dios le dijo a Abraham: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. (Génesis 12:1) Dios ya había visto la descendencia de Abraham multiplicarse como la arena del mar y las estrellas del cielo.

Dios predijo estas palabras viendo la futura imagen de Abraham. Desde luego, como Abraham no tenia los ojos que ven el futuro, sino los ojos que ven la situación presente, de su vieja imagen y de la imagen de su esposa Sara a quien ya le había cesado la costumbre de las mujeres. Él se rió cuando oyó lo que Dios le decía. Podemos ver la imagen de Abraham diciéndole a Dios: “Ojalá Ismael viva delante de ti”. (Génesis 17:18)

Esto no lo hizo solamente Abraham. Moisés también tuvo en vez de deleitarse cuando Dios le dijo: “Ven, por tanto, ahora y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel”. (Éxodo 3:10)

No obstante, Dios ya estaba viendo la imagen en la que 600.000 personas estaban saliendo valientemente de Egipto, después de haber puesto la sangre de las ovejas en el dintel de las casas el día de la Pascua. Como él no había visto esta escena, sino al gran y fuerte ejercito del Faraón, la multitud de gente era lo que Moisés había visto, él tenia que temer y preocuparse mucho.

De la misma forma nosotros tenemos ojos diferentes a los de Dios. Aun cuando fue verdad que la mujer fue sorprendida en el mismo acto de adulterio, la imagen que Dios estaba viendo era bastante diferente a la que nosotros veíamos. De cualquier forma, ella iba a ser apedreada, o por la ley de Moisés o de acuerdo al juicio de personas como los escribas y los fariseos. Aun sus parientes y sus padres habrían hecho la misma condenación.

“¡Que horrible, Que vergüenza de mi amada hija!” “¡Mi amada hermana tenia que cometer tan sucio pecado!” Y la mujer adúltera mirándose a si misma parecía tener este corazón, “¡Que mala suerte tuve en ser sorprendida, supongo que voy a ser apedreada, no tengo ninguna salida!” Con todo, el Señor vio a la mujer desde un punto de vista completamente diferente.

El Propósito de la Ley

Cuando miramos el Antiguo Testamento, podemos darnos cuenta de que la razón por la cual la ley tenía que venir a la tierra, no era para hacer a las personas salvas por medio de guardarla. La razón por la que Dios nos envió la ley, fue para que entendiéramos el pecado, que nos añade pecados. Por eso, cuando vemos a la mujer sorprendida en adulterio con los lentes de la ley, la mujer no tenia otra alternativa sino la de ser apedreada. Desde luego, cuando nos ponemos los lentes de la gracia, a cambio de los de la ley, el pecado de la mujer no dejo rastro, prescindiendo de cuan grande fuera su pecado por la sangre de Jesús derramada en al cruz. Algo muy claro que sucedió cuando Jesús murió en la cruz del Calvario. Fue que el Señor murió para redimir el pecado de esta mujer, así como también de los que cometen adulterio. Así fue como esta mujer fue limpia de su pecado con la preciosa sangre vertida en la cruz, sangre que fluía en su corazón cubriendo toda su vergüenza.

Como nuestros ojos solamente pueden ver el hecho de que la mujer fue sorprendida en adulterio, juzgamos a la mujer con la ley, diciendo que ella debería ser apedreada. Esa era la razón por la que ella debía ser apedreada. Sin embargo, los ojos del Señor no solo veían la imagen presente de la mujer sorprendida en adulterio, sino que también veía el hecho de que Jesús ya había pagado por sus pecados con su sangre vertida en la cruz del Calvario. Al ver con anticipación la cruz limpiando todos los pecados, no había mas pecado en la mujer puesta delante de Jesús.

Todas las personas que solo vieron la situación, concluyeron y dijeron: “¡Esta mujer no tiene otra vía mas que la de ser apedreada!” Ellos no tenían otra forma para verla.

Sin embargo, si vamos un poco mas allá del tiempo de aquel momento en el que la mujer fue sorprendida en adulterio, podríamos darnos cuenta de que no había quedado mas pecado en ella, porque nuestro Señor Jesucristo murió para dar el pago por sus pecados al vertir su sangre en la cruz.

Así como Dios le hablo a Moisés al verlo guiando al pueblo de Israel fuera de Egipto, y a Abraham al ver su descendencia como la arena del mar y las estrellas del cielo, así también Dios pudo decirle a la mujer: “¡Ni yo te condeno!”. El Señor vio las cosas que estaban por venir, esto es, que él moriría en la cruz por el pecado de la mujer. Como el Señor no pertenecía a este mundo del tiempo -pasado, presente y futuro-, sino a la eternidad; él vio a la mujer que cometió adulterio llegando a ser santa, justa, limpia y pura a través de la sangre en la cruz.

Cuando los escribas y los fariseos vieron a la mujer con los ojos de la ley, que solo puede ver la situación presente, la mujer supuso que seria apedreada. Sin embargo, cuando vemos a la mujer a través de los ojos de Jesucristo quien pronto moriría en la cruz, la mujer ya había llegado a ser santa y justa. Ese es el porque Jesús pudo decirle a la mujer:

“Mujer, ¿donde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condeno?”

“¡Ninguno Señor!”.

“¡Ni yo te condeno, vete y no peques mas!”.

Ya que el Señor pudo ver claramente que Él seria crucificado para pagar por los pecados, Él de ninguna forma podía decir que ella era pecadora. Por eso el Señor le dijo a la mujer: “¡Ni yo te condeno!”.


CREER LA PROMESA

Cada vez que leo estas líneas de la Biblia, tengo la certeza en mi corazón del hecho de que la historia de la mujer que adulteró, no es solo la historia de aquella mujer sino que también es mi historia. Llegue a estar tan agradecido cuando me di cuenta de ello. La mujer fue sorprendida en el acto mismo del adulterio, aunque yo cometí incontables pecados, mas de los que la mujer cometió.

Así como los escribas y los fariseos juzgaron a la mujer para ser apedreada, cuando yo me miraba a través de los ojos de la ley o a través de mis propios ojos, yo era tan sucio que no podía menos que ser condenado a la pena del infierno eterno.

De hecho, un día Dios abrió los ojos de mi corazón. Ni con los ojos que tenia, ni con los ojos de la ley, sino con los ojos de la gracia de Jesucristo, Dios hizo que me mirara nuevamente. Yo no tenia tales ojos, sin embargo, con la gracia de Dios pude verme otra vez con los ojos del Señor que vio a la mujer adultera sin pecado.

En ese mismo instante, todos mis pecados fueron completamente limpiados por la sangre derramada en la cruz, aun cuando yo era un hombre que cometía tan sucios pecados. Así como la mujer que cometió adulterio, llego a ser una santa y justa persona, quedando limpia como blanca nieve, mi corazón también llego a quedar blanco como la nieve y llegue a descubrir que yo había llegado a ser un hombre santo.

Pude decir con estas palabras: “¡Soy justo, soy santo, no tengo pecado!”. Esto no significa necesariamente que yo no cometí pecados. Esto no tiene que significar que yo viví una vida santa. Yo podría ser un sucio pecador como la mujer que cometió adulterio o como un hombre malo y perverso que cometió el mas grande pecado, como el ladrón en la cruz. Aunque yo fui tal hombre de pecado, Jesucristo ya me había limpiado con su preciosa sangre vertida en la cruz, no quedándome ni un solo pecado, cuando Él iba a la muerte, siendo clavado en la cruz.

Teniendo en pie, delante de Él a la mujer que había cometido adulterio, el Señor vio la imagen que la mujer seria limpia a través de su muerte venidera en la cruz, y por eso Él la llamó justa. De esta forma, viéndome a mi mismo por medio de su sangre que Él derramo hace 2.000 años, el Señor dijo que todos mis sucios y horribles pecados ya habían sido completamente limpios como blanca nieve en la cruz.

Antes de que llegara a conocer el mundo espiritual de la gracia del Señor, era cierto que yo no era mas que tan solo un sucio pecador que estaba condenado a la destrucción. No obstante, no había duda de que yo era visto no como un pecador, sino como un hombre santo y justo a través de los ojos del Señor que murió en la cruz por mi. Tal y como el Señor vio a la mujer que cometió adulterio siendo justa, así también el Señor nos vio y nos llamo a nosotros ‘justos’.

“¡Y a los que predestino también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó a estos también glorificó”!. (Romanos 8:30)


LLEGUÉ A CREER EN LA PROMESA DEL SEÑOR

En mi vista, yo soy un sucio pecador pero a los ojos de Dios soy justo. Así fué como el Señor me llamó justo. A nuestros ojos la mujer que cometió adulterio era una pecadora condenada a ser apedreada, pero a los ojos del Señor ella era justa. Así como la mujer que adultero, yo soy justo.

Cuando me vi a mi mismo con los ojos de Jesús que murió en la cruz derramando su sangre, entonces, en mi no había quedado ni un solo pecado. Pude entender la verdad de que el Señor en muchas ocasiones, en la Biblia, me llamo justo. En mi corazón me hice una pregunta: “Si así es, ¿cual es mi imagen correcta y verdadera? ¿La que vi con mis propios ojos o la vista a través de los ojos del Señor?”

Es innecesario decir, que ya que Sus ojos son mejores que los míos, pude comprender que el hecho de que el Señor me llamara justo era cierto.

No cabía duda de que yo no era visto como pecador, sino como justo a los ojos del Señor que fue clavado en la cruz por mi. Desde entonces, como fui limpio y justo a los ojos del Señor, no importa cuan horrible, sucio y malo hubiera sido a mi vista, me atreví a declarar confiadamente delante del Señor: “Mi Señor, soy justo a tu vista. Si. Es verdaderamente así. Soy justo”.

No eran mis hechos sino la fe de creer en Aquel que me llamaba justo, lo que me hacia confesar valientemente que yo era justo.

Como las palabras en Romanos 4:4-5 que dicen: “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”. Yo creí en el Señor. Como pude creer firmemente que el Señor me llamaría justo de acuerdo a la palabra de la promesa, en contra de todo lo que otras personas les pudieran parecer o pudieran decir.

Aun cuando soy solo un humano que comete sucios pecados, alabo y agradezco a Dios desde que esto es tan claro para mi, hasta hoy, al saber que soy un hombre justo por medio de la sangre preciosa de Jesús, a los ojos de Dios, a los ojos de Jesucristo, a los de los ángeles y aun también a los ojos de Satanás.

 

 

 

 

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